Cuando Buñuel estranguló a Gala

“Después del almuerzo, durante el que bebimos mucho, Gala volvió a atacarme, no recuerdo exactamente por qué. Yo me levanté bruscamente, la tiré al suelo y la agarré por el cuello (..). Dalí, de rodillas, me suplicaba que perdonase a Gala. Yo, aunque furioso, seguía siendo dueño de mí y sabía que no la mataría. Lo único que yo quería era verle asomar la punta de la lengua entre los dientes”.

La escena la describe Luis Buñuel en su autobiografía ‘Mi último suspiro’, una joya de libro y el mejor de los prólogos posibles para ver las películas del director de Calanda. En realidad Buñuel no quería unas memorias, el mérito de esta biografía corresponde al guionista Jean-Claude Carrière, verdadero autor de una obra que redactó tras largas conversaciones con el cineasta, cuando ya era un anciano octogenario con la vista y el oído mermados.

Carrière convenció a Buñuel mostrándole como gancho el capítulo ‘Los placeres de aquí abajo’ en el que cuenta su adoración por los bares, el alcohol y el tabaco. Me encanta la sinceridad y lo atinado de sus observaciones, tan alejadas de lo política y sanamente correcto. Transcribo algunos fragmentos: “He pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible (…) no soy un alcohólico. Desde luego, toda mi vida ha habido veces en las que he bebido hasta caerme; pero casi siempre se trata de un ritual delicado que no te lleva a la auténtica borrachera, sino a una especie de beatitud, de tranquilo bienestar, acaso semejante al efecto de una droga ligera. En algo que me ayuda a vivir y a trabajar (…) Si tuviera que enumerar todas las virtudes del alcohol, no acabaría nunca (…) Imposible beber sin fumar. Yo empecé a fumar a los dieciséis años y aún no lo he dejado. El tabaco, que casa admirablemente con el alcohol (si el alcohol es la reina, el tabaco es el rey), es un amable compañero con el que afrontar todos los acontecimientos de una vida. Es el amigo de los buenos y de los malos momentos. Se enciende un cigarrillo para celebrar una alegría y para ahogar una pena. Estando solo o acompañado. El tabaco es un placer de todos los sentidos: de la vista (es bonito ver bajo el papel de plata los cigarrillos blancos, alineados como para la revista), del olfato, del tacto… Si me vendaran los ojos y me pusieran entre los labios un cigarrillo encendido, me negaría a fumar. Me gusta sentir el paquete en el bolsillo, abrirlo, palpar la consistencia del cigarrillo, notar el roce del papel en los labios, gustar el sabor del tabaco en la lengua, ver brotar la llama, arrimarla, llenarme de calor”.

Lejos de ser un enclenque atocinado Buñuel era un atleta de costumbres espartanas que practicó toda clase de deportes. Corría descalzo por las escarchadas calles de Madrid en su etapa de la Residencia de Estudiantes – edificio que llegó a escalar- fue boxeador amateur, despreciaba la cama y a veces dormía en el suelo, y le gustaba mucho echar pulsos. Cuenta que incluso le gustaba hacer “una especie de número de circo: me tumbaba en el suelo y mis amigos me saltaban sobre el vientre” (Así murió por cierto el padre del boxeador Urtain). Enamorado de Méjico, le apasionaban las armas. Coleccionó revólveres y bastones espada. “No se debe disparar jamás en una habitación cerrada. Así perdí yo una oreja en Zaragoza”, advierte en el tono de brutal franqueza que desprende ‘Mi último suspiro’, cuya mayor aportación es la defensa de la imaginación como espíritu creador indomable, un universo libre más allá de la moral y las consideraciones éticas. Os dejo con esta reflexión:

“En alguna parte entre el azar y el misterio, se desliza la imaginación, libertad total del hombre. Esta libertad, como las otras, se la ha intentado reducir, borrar. A tal efecto, el cristianismo ha inventado el pecado de intención. Antaño,lo que yo imaginaba ser mi conciencia me prohibía ciertas imágenes: asesinar a mi hermano, acostarme con mi madre. Me decía: «¡Qué horror!», y rechazaba furiosamente estos pensamientos, desde mucho tiempo atrás malditos. Sólo hacia los sesenta o sesenta y cinco años de edad comprendí y acepté plenamente la inocencia de la imaginación. Necesité todo ese tiempo para admitir que lo que sucedía en mi cabeza no concernía a nadie más que a mí, que en manera alguna se trataba de lo que se llamaba «malos pensamientos», en manera alguna de un pecado, y que había que dejar ir a mi imaginación, aun cruenta y degenerada, adonde buenamente quisiera. Desde entonces, lo acepto todo, me digo: «Bueno, me acuesto con mi madre, ¿y qué?», y casi al instante las imágenes del crimen o del incesto huyen de mí, expulsadas por la indiferencia. La imaginación es nuestro primer privilegio. Inexplicable como el azar que la provoca”.