Una apasionada biografía canina: ‘Todos los perros de mi vida’

“Para empezar, les diré que aún apreciando mucho a mis padres, mis maridos, mis hijos, mis amantes y mis amigos, ninguno de ellos es capaz de ofrecer el amor con que te obsequia un perro. Como yo también he sido madre, hija, esposa, amante y amiga, sé muy bien cuán tornadizos son los amores humanos. Los perros, en cambio, están libres de esos vaivenes del sentimiento. Cuando un perro te ama, eso es para siempre, hasta su último ladrido. Así es como me gusta ser amada, y por eso hablaré de perros”.

La declaración de intenciones con la que comienza la autobiografía ‘Todos los perros de mi vida’ de Elizabeth Von Arnim hace de preludio de este original y delicioso libro especialmente recomendable para los amantes de los animales. Pero, ¿quién se atreve a hacer una obra como esta? ¿No resulta banal, pretencioso y bastante difícil hilar un relato de memorias en base a unas mascotas? Solo una mujer valiente atrapada en el corsé de las convenciones sociales, un alma sensible e inteligente que únicamente se sentía completa en contacto con la naturaleza o la escritura.

En uno de los pasajes de estas memorias su autora cuenta que además del amor que compartía con sus perros sentía cierta envidia hacia ellos. “Nadie esperaba nada de los perros. Si hacían algo que a nuestro modo de ver no estuviera del todo bien, se achacaba a su condición de perros y no se volvía a pensar en ello. Qué maravilloso verlos por las mañanas verlos saltar de sus cestas y, con una simple sacudida estar listos para el nuevo día, mientras que yo tenía que soportar las más fastidiosas sesiones de lavado, peinado y anudado de prendas. Qué maravilloso verlos a la hora de la comida, engullendo lo que se les daba y listo, mientras que yo, sentada a la mesa con solemnidad, tenía que esperar, por mucha hambre o deseo que sintiera, a que un grupo de sirvientes con guantes blancos me sirvieran los platos a su debido tiempo. Y lo más envidiable, ver que, ante un gesto de desaprobación lo arreglaban todo poniéndose a dos patas y rogando, o meneando el rabo para pedir perdón”.

Cuenta su esta encantadora escritora británica que una noche “mientras pasaba los dedos por la estantería, di con un libro de Goethe, y la casualidad quiso que al abrirlo me encontrara con la magnífica afirmación de que im Wahren, Guten, Schönen resolut zu leben, era el único lema que merecía la pena seguir”. Lema el de vivir resueltamente en la verdad, la bondad y la belleza que ella se aplicó en un recorrido vital que le llevaría desde los bosques de la Pomerania alemana, las montañas de Suiza, o la rivera de la Provenza. “No le pedía nada más a la vida. Aún hoy sigo sin pedirle nada más. Por extraño que resulte -supongo que debe de ser extraño no volverse más exigente con el paso de la juventud a la madurez-, estas mismas cosas, el sol en la cara, la sensación de que la primavera está a punto de llegar y nadie a la vista salvo un perro, bastan aún hoy para colmarme de felicidad. Qué sencillo. Y qué barato”.

Von Arnim fue una novelista que publicó más de 20 libros, algunos de ellos muy exitosos, y destacó por su estilo irónico y su carácter independiente que le sitúa en el movimiento feminista. Viuda con cinco hijos, la aparición de la primera violeta de la primavera le despierta una oleada de sentimientos en los que se explaya durante tres páginas «aquello fue todo un acontecimiento. Aquella primera violeta significó para mí lo mismo que para Noé debió de significar la ramita de olivo en el pico de la paloma. Una señal de seguridad. de esperanza». Pero son sus 14 perros, cuyas personalidades apreciamos y diferenciamos, cuyas diferencias son magistralmente descritas, los protagonistas de esta historia con una enseñanza de actitud ante la vida “¿Y cual es la actitud adecuada? La de Chunkie, creo yo: mantener el ánimo en alto y agitar el rabo con brío hasta el final. Perro listo y sensato aprovecha al máximo lo que tiene en lugar de lamentarse por lo que no tiene. Cavilando entre las rocas durnate aquellas tardes junto al mar se me ocurrió que sería deplorable que yo mostrar menos sensatez, menos entereza y menos oposición a sucumbir ante los infortunios”.

Cierro con un poema que aparece en el libro:

Brindo por los perros buenos.
Sea cual sea su raza, tengan o no pedigrí,
aunque nunca hayan ganado ningún premio de postín,
brindo por los perros buenos.
Por los rabos que se agitan, por las miradas sinceras,
la extraordinaria valía y lealtad insospechada
que tal y como merecen nunca serán valoradas.