«Vuestra Majestad se leerá a sí mismo»

1815. Napoleón ha sido definitivamente derrotado. Las potencias europeas han puesto fin en la batalla de Waterloo al ‘vuelo del águila’, el breve imperio de los cien días tras su regreso victorioso del exilio en la isla de Elba. Apresado a bordo del buque Belerofonte es deportado a la isla más remota del océano Atlántico, Santa Elena. Cuando el hombre más poderoso del mundo afronta este enterramiento en vida titubea con la idea del suicidio “¿Qué haremos en aquel desierto?” pregunta desesperado a los cuatro compatriotas que le acompañan.

“Señor, viviremos de lo pasado, que nos suministra materia bastante para no desperdiciar el tiempo ¿No sentimos placer cuando leemos la vida de Cesar o la de Alejandro? Pues mucho más tendremos: Vuestra Majestad se leerá a sí mismo”.

Quien así habla es Emmanuel Agustín Dieudonné, el conde de Las Cases, a quien debemos ‘El memorial de Santa Elena’, un libro que nos hace sentir el aliento de Napoleón y palpar la historia con el testimonio directo de uno de sus protagonistas.

Bonaparte y Les Cases establecieron un método de trabajo por el que todas los días, desde las 11 de la mañana a las cuatro de la tarde, uno dictaba y otro escribía “como dicta casi con tanta velocidad como habla fue preciso que me crease una especie de escritura jeroglífica; luego yo iba corriendo a dictarle a mi hijo, teniendo la facilidad de conservar en la memoria, casi literalmente, todas las expresiones del Emperador”. Con esta rutina el “ilustre memorialista” o “fidelísimo Les Cases” como le decía Napoleón a su biógrafo, escribió una obra que pronto se convirtió en un éxito de ventas y fue traducido a varios idiomas, y que hoy es material de obligada lectura para quien quiera conocer la genial y aterradora figura del corso que dominó y transformó el régimen aristocrático de Europa.

Sin ser el mejor libro que se ha escrito sobre la vida de Napoleón -ese honor le corresponde a Emil Ludwig, de quien hablaremos otro día- hay pasajes que merecen recordarse, como cuando le petit caporal pide a sus amigos que dejen constancia del humillante trato recibido en aquella isla carcelaria: “Haced resonad vuestras quejas, que Europa entera las oiga y se llene de indignación. Las mías humillarían mi dignidad y mi carácter; yo mando o me callo”.

Político y militar, Les Cases, fue un hombre de letras. Antes del Memorial de Santa Elena ya había escrito su propia autobiografía y un Atlas Histórico. Era un noble rendido a la gloria Napoleón, de ahí el carácter hagiográfico de la obra. “No nos presenta la Historia época ninguna en que las gracias se hayan distribuido con más igualdad, en que el mérito se haya recompensado y buscado con menos parcialidad, los fondos públicos empleados más útilmente, y las artes y ciencias hayan sido más premiadas: no, la gloria y el lustre de la patria nunca llegaron a un grado tan eminente”.

No es este el lugar para encontrarnos un retrato de Napoleón como el general genocida (un miserable que provocó más dolor y sufrimiento en el mundo que cualquier otro ser que hubiera vivido anteriormente, según Tomas Jefferson) sino al hombre de Estado que puso orden a las cuentas públicas acabando con la corrupción y acabó con severos castigos el “descomunal espectáculo de las dilapidaciones directoriales”. “No ha habido hombre en el mundo que haya tenido a su disposición más riquezas que Napoleón apropiándose menos” escribe Les Cases apuntando las razones del Emperador “cada cual tiene su gusto, el mío se inclina a la fundación, no a la propiedad. Mía será la gloria y la celebridad”. Y frente a los artículos y libelos que caricaturizaban en Europa la imagen de un tirano cornudo, Les Cases antepone al creador de un código civil que redujo notablemente la criminalidad, la práctica de la tortura y los encarcelamientos, y cuyas bases aún perduran en muchos países.