Los leones de Göring

Sorprende que Hermann Göring, el genocida urdidor de la ‘solución final’ de los judíos, el mayor expoliador de arte de la Segunda Guerra Mundial, el vanidoso y neurótico morfinómano, el reichmarschall señalado para continuar a Hitler, era un devoto amante de los animales, y que las avanzadas leyes de caza y protección de la naturaleza que introdujo en la Alemania nazi fueron vanguardistas, y sentaron las bases legales de los principios conservacionistas y ecologistas que hoy se aplican en muchos países.

Llama la atención cómo puede una persona despreciar a la raza humana, y ser despiadado y cruel hasta los extremos que demostraron los sádicos experimentos científicos de los campos de concentración, y a la vez demostrar un cariño sincero por los animales y un gran amor por la naturaleza. La biografía ‘Göring. Memorias de Guerra’ escrita por David Irving ofrece detalles sorprendentes de esta personalidad dual. El más llamativo es el de los leones domesticados que el general de la Lutwaffe criaba en su castillo de Carinhall, con los que solía juguetear en los salones en presencia de invitados y embajadores extranjeros. Estos letales felinos se sentaban dócilmente a sus pies en algunas de sus negociaciones diplomáticas, desempeñando su papel de símbolo de poder y fiereza.

Escribe Irving: “Entre Hermann Göring y el mundo animal existía una insospechada empatía, en la que no había la menor pose. Los animales huelen el miedo, pero al parecer también saben descubrir al verdadero amante de las bestias. Sólo quienes hubieran visto al general Göring con sus leones podrían comprender el mutuo afecto que se tenían”. Cita como válido el testimonio de su primer guardabosque, Ulrich Scherping: “Esos leones no eran simples cachorros, como los del zoológico de Berlín con los que gustan de fotografiarse algunas damas de la alta sociedad. Eran enormes fieras. Más de una voz se alzó contra la temeridad con que se arriesgaba a recibir una dentellada o un zarpazo”.

No fue el único dirigente alemán en el que se observa esta dicotomía de desprecio por el hombre y aprecio por la bestia. Otra biografía, la de Emil Ludwig sobre Bismarck (‘Historia de un luchador‘) apunta este detalle sobre el canciller de hierro “con la misantropía de la edad creció su amor a los perros que le acompañaron durante toda su vida”. Tuvo ocho dogos “gigantescos, nerviosos y violentos, los únicos seres con los que Bismarck tenía paciencia (…) Si una discusión oficial le ponía nervioso acariciaba el sedoso cuello del perro que se apoyaba en sus rodillas”. En cuanto a Hitler, también el führer demostró tener un verdadero afecto por los perros. Tuvo varios aunque fue una hembra de pastor alemán, ‘Blondi’, por quien tuvo auténtica devoción y a la que mató con el mismo cianuro con el que él y Eva Braun se quitarían la vida en el bunker de Berlín.

Volviendo Göring, hay que reconocerle el haber sido el primero en convertir en delito punible matar a un águila o cazar con ayuda de venenos, luces artificiales o con trampas de acero (“ese instrumento medieval de tortura”). Aún más, introdujo una dura ley contra la vivisección -amputación y mutilación en vivo de animales con fines científicos- sin que la entrada en vigor de esta normativa fuera óbice para que ordenara la brutal persecución de gitanos, judíos, eslavos, minusválidos, demócratas… y el desarrollo de los planes belicistas que conducirían a la mayor catástrofe de la humanidad (por no hablar de los crueles experimentos de Mengele).

Pero en tanto, Goring, que era un apasionado cazador, regulaba la práctica de esta actividad controlando el numero de piezas abatidas e imponiendo el pago de tasas reguladas en todo el país, conservaba y reproducía especies amenazadas como el águila, el oso, el bisonte y el caballo salvaje, seguía el consejo de biólogos para reintroducir con éxito en Alemania otras especies en vías de extinción como el alce o el bisonte, creaba reservas naturales donde se criaban el búho, el urogallo, el gallo silvestre, el ánsar gris, el cuervo, el castor y la nutria, organizaba un cuerpo de guardabosques situándose él mismo a la cabeza como primer Guardabosques mayor (reichsjägermeister)… Sin embargo, hay que recordar lo obvio: todo este esfuerzo por la conservación de la naturaleza se lo llevaría por delante la devastación de una guerra que alcanzó niveles inéditos de deforestación, caza sin control, erosión de suelo, contaminación y destrucción de hábitats.