La doma de Bucéfalo

Plutarco deja claras sus intenciones en la primera página de ‘Vidas Paralelas. Alejandro Magno / Cesar’: “Mi propósito no es escribir historia, sino unas biografías. Por otra parte la virtud o la maldad no se demuestran totalmente en la realización de las más bellas hazañas, sino que a menudo un pequeño asunto, una palabra o una broma revelan mejor el carácter de una persona que la participación en combates en que los muertos se cuentan por millares o la celebración de desfiles militares o asedios de ciudades”.

Es alucinante que veinte siglos después de haberse escrito, la obra de Plutarco siga siendo amena y entretenida. Lejos de ser textos farragosos e inaccesibles solo aptos para eruditos, sus biografías -especialmente la de Alejandro Magno- se leen como el mejor de los libros de aventuras, y están plagadas de anécdotas y relatos que describen la talla de los biografiados. Os dejo un par de las más famosas pinceladas que dejó Plutarco sobre Alejandro. La primera es sobre la doma de Bucéfalo.

Trajo un Tésalo llamado Filonico el caballo Bucéfalo para venderlo a Filipo en trece talentos, y, habiendo bajado a un descampado para probarlo, pareció áspero y enteramente indómito, sin admitir jinete ni sufrir la voz de ninguno de los que acompañaban a Filipo, sino que a todos se les ponía de manos. Desagradole a Filipo, y dio orden de que se lo llevaran por ser fiero e indócil; pero Alejandro, que se hallaba presente: “¡Qué caballo pierden- dijo-, sólo por no tener conocimiento ni resolución para manejarle!” Filipo al principio calló; mas habiéndolo repetido, lastimándose de ello muchas veces: “Increpas- le replicó- a los que tienen más años que tú, como si supieras o pudieras manejar mejor el caballo”; a lo que contestó: “Este ya se ve que lo manejaré mejor que nadie”. “Si no salieres con tu intento- continuó el padre- ¿cuál ha de ser la pena de tu temeridad?” “Por Júpiter- dijo-, pagaré el precio del caballo”. Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó al punto adonde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba. Pasóle después la mano y le halagó por un momento, y viendo que tenía fuego y bríos, se quitó poco a poco el manto, arrojándolo al suelo, y de un salto montó en él sin dificultad. Tiró un poco al principio del freno, y sin castigarle ni aun tocarle le hizo estarse quedo. Cuando ya vio que no ofrecía riesgo, aunque hervía por correr, le dio rienda y le agitó usando de voz fuerte y aplicándole los talones. Filipo y los que con él estaban tuvieron al principio mucho cuidado y se quedaron en silencio; pero cuando le dio la vuelta con facilidad y soltura, mostrándose contento y alegre, todos los demás prorrumpieron en voces de aclamación; mas del padre se refiere que lloró de gozo, y que besándole en la cabeza luego que se apeó: “Busca, hijo mío- le dijo-, un reino igual a ti, porque en la Macedonia no cabes”.

La segunda sobre su encuentro con Diógenes, que si bien tiene más de leyenda que de hecho verídico se le puede aplicar eso de que si non e vero e bien trovato.

Congregados los Griegos en el Istmo, decretaron marchar con Alejandro a la guerra contra la Persia, nombrándole general; y como fuesen muchos los hombres de Estado y los filósofos que le visitaban y le daban el parabién, esperaba que haría otro tanto Diógenes el de Sinope, que residía en Corinto. Mas éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba tranquilamente su vida en el barrio llamado Craneo, y así, hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un poco a la llegada de tantos personajes, fijó la vista en Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole en seguida si se le ofrecía alguna cosa, “Muy poco- le respondió-; que te quites del sol”. Dícese que Alejandro, con aquella especie de menosprecio, quedó tan admirado de semejante elevación y grandeza de ánimo, que cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban a reírse y burlarse, él les dijo: “Pues yo, a no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes”.

Y esta última, sobre los sacrificios en honor Hefestión, su más fiel amigo:

“Ocurrió en aquellos días que a Hefestión le dio calentura, y como a fuerza de joven y militar no quisiese sujetarse a la debida dieta, y además su médico, Glauco, se hubiese ido al teatro, se sentó a comer a la mesa, y habiéndose comido un pollo asado y bebídose un gran vaso de vino, puesto a enfriar, se sintió mucho peor, y al cabo de poco tiempo murió. Alejandro no tuvo modo ni término ninguno en esta pesadumbre, sino que inmediatamente mandó, cortar las crines, por luto, a todos los caballos y a todas las acémilas, y quitar las almenas en las ciudades del contorno, y al pobre médico lo puso en una cruz. En el ejército cesó el toque de flautas y toda música por largo tiempo, hasta que vino un oráculo de Amón para que se diera veneración a Hefestión y se le hicieran sacrificios como héroe. Tomando además la guerra por consuelo de aquel pesar, salió a ella como a una caza o a una batida, y acabó con la nación de los Coseos, dando muerte a todos sin distinción, y a esto le daba el nombre de exequias de Hefestión”.