Un beso en los pechos de Leni Riefenstahl

La relación amorosa de Leni con Glen Morris, ganador de la medalla de oro en el decatlón, comenzó con una simple mirada tras la cual, según ella, «los dos nos transfiguramos». La folie à deux se hizo pública en la ceremonia de entrega de las medallas del decatlón. El esculpido estadounidense con la medalla de oro colgando del cuello descendió del podio de los victoriosos y «me abrazó, me quitó la blusa y me besó los senos allí mismo, en medio del estadio y delante de cien mil espectadores».

No me resisto a comenzar esta entrada sobre la biografía de Leni Riefenstahl escrita por Steven Bach con esta escena de los juegos de 1938 en Berlín, en los que la cineasta berlinesa estuvo al mando de un pequeño ejército de técnicos y 34 cámaras, que situó en dirigibles, avionetas, globos aerostáticos, trincheras (Jesse Owens se cayó en una de ellas) raíles rodantes, refugios sumergibles para las tomas subacuáticas de natación, e incluso en los cuellos de los corredores de la maratón.

Riefenstahl tenía entonces apenas 38 años y era la mujer más poderosa del Reich y la artista favorita de Hitler. Un honor que compartía con otro joven, el arquitecto Albert Speer. A ambos y su fascinación por el führer les debemos las inquietantemente bellas y malignas imágenes que cautivaron a millones de personas y enaltecieron el nazismo.

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Con los 400.000 metros de filme -setenta y cinco horas de metraje- de los que hizo acopio Leni Riefenstal compuso ‘Olimpiada’, película que junto a ‘El triunfo de la voluntad’ pasaría a la historia por su brillantez y perfección técnica. Aún hoy desde la cartelería política a las grabaciones deportivas, desde ‘El Rey León’ a ‘La guerra de las Galaxias’, el cine y la propaganda se siguen inspirando en las pautas que marcó la Riefenstal como la artista de la exaltación triunfal del fascismo, de la glorificación de la belleza y el erotismo.

La biografía de Steven Bach reconoce a este genio creador, pero es ante todo un ajuste de cuentas con quien que jamás se arrepintió de lo que hizo. El libro es magnífico y cuenta con una apabullante documentación y bibliografía. Bach fue vicepresidente de los estudios United Artists y un estudioso del cine alemán del siglo pasado –escribió también las memorias de Marlene Dietrich– Con Leni Riefenstal el biógrafo tiene una relación de amor odio, adora tanto a la artista como desprecia el rango moral de la persona. Reconoce la capacidad de trabajo y el coraje físico de una mujer que a los setenta años fotografiaba a los nubas de Sudán y cumplidos los noventa buceaba grabando películas submarinas, pero a la vez subraya su mediocre formación intelectual, su egocentrismo, su capacidad para manipular y presentarse tanto en sus actuaciones como en su vida en el papel de la mujer que “sufre la tragedia que su presencia ha desencadenado, una figura del destino a la vez que su víctima”.

Bach reconstruye la historia de los 270 gitanos obligados a actuar forzosa y gratuitamente en 1940 en ‘Tierra baja’ otra de las películas de Leni, romanís que fueron seleccionados por ella personalmente y que acabarían en su mayoría en los crematorios de Austwitch. Detalla la presencia de la cineasta en el equipo de propaganda de la invasión a Polonia. Demuestra la admiración de Goebbels por la musa del nazismo (también a ella le metería mano) a la que dotaría de enormes sumas de dinero y medios para sus trabajos. Y dibuja, en suma, el retrato de una mentirosa narcisista enamorada de si misma. Una obra la de Bach y una vida la de Riefenstal que nos obliga a plantearnos la relación entre la belleza del arte y sus a veces oscuras intenciones.

Por último, un breve apunte dedicado a aquellas personas que alguna vez dudan de sus capacidades o son susceptibles a las críticas. Esto es lo que dijo el padre de Leni a su hija en los inicios de su carrera: “Personalmente estoy convencido de que tienes poco talento y de que nunca serás más que una mediocre”.