También el sol entra en los retretes, pero no se mancha

Dijo que la pasión por el dinero era la metrópoli de todos los males.

Una vez que se masturbaba en medio del ágora comentó “Ojala fuera posible frotarse también el vientre para no tener hambre”.

Cuando a Platón le preguntaron: “Qué te parece Diógenes?”, respondió: “Un Sócrates enloquecido”.

Dijo que la educación era sensatez para los jóvenes, consuelo para los viejos, riqueza para los pobres, adorno para los ricos.

Decía que hay un doble entrenamiento: el espiritual y el corporal. Pero que era incompleto el uno sin el otro, porque la buena disposición y el vigor eran ambos muy convenientes.

Todo esto está sacado de ‘La secta del perro. Vidas de filósofos cínicos’, un libro de Carlos García Cual editado por Alianza Editorial en la colección de clásicos de Grecia y Roma. Haceos con él. Es una joya de 146 páginas con biografías como la de ‘el perro’ Diógenes. Viva Diógenes Laercio, el filósofo que no nos enseñaron en el colegio. Os copio y pego otro párrafo que nos habla sobre uno de sus discípulos, Metrocles:

“Metrocles de Maromea, hermano de Hiparquia, fue primero alumno de Teofrasto, el peripatético, y se hizo tan refinado que, como una vez en medio de un ejercicio de lectura en la escuela se le escapó un pedo, se había encerrado en su casa abatido por la desesperación, con la intención de dejarse morir de desánimo. Al enterarse Crates, llamado para socorrerlo, acudió a su casa, después de hartarse a propósito de lentejas, y trataba de persuadirle con sus razonamiento que no había hecho nada feo; pues habría sido un milagro impedir la salida de los gases de acuerdo con el proceso natural. Al fin, echándose unos pedos, le convenció aportando el consuelo con la similitud de las acciones. Desde entonces se hizo un hombre cabal en filosofía”