Los 14 días de pura y auténtica felicidad de Abderrahman III

Su abuela era pamplonica y su madre una vasca cristiana. Tenía los ojos azules y la piel rosada. Se teñía de negro la barba para parecer más árabe. Dotado, cuentan, de todas las gracias, pocos hombres han tenido tantos motivos para estar satisfechos de su propio destino. Fue hermoso e inteligente y tan poderoso como Napoleón o Cesar. Inclinado a los placeres, en especial a la bebida, reconoció a tres esposas y 18 hijos. “Cuando los reyes quieren que se hable en la posteridad de sus altos designios -escribió- ha de ser con la lengua de las edificaciones. ¿No ves cómo han permanecido las pirámides y a cuántos reyes los borraron las vicisitudes de los tiempos?”. Fundó Medina Azahara, amplió la mezquita, acabó con el desorden y la corrupción, promovió las artes, la cultura y la medicina. Cuando murió, en el año 961, Córdoba era la ‘perla de Occidente’ con tantos habitantes como Constantinopla y centro de un califato que dominaba casi toda la península ibérica, parte del Magreb y las islas mediterráneas.

Pese a esto, Abderrahman no era del todo feliz. “Meses antes de morir sufre una terrible enfermedad psíquica, hoy llamada melancolía involutiva (ya tenía setenta y dos años), en la que a la tristeza, melancolía, angustia, supremo abatimiento que caracteriza a todas las depresiones de origen orgánico, se suma la incontinencia emotiva, por lo que todos los cronistas relatan cómo en todos estos meses, aun no teniendo dolores ni motivos reales de pesadumbre, era incapaz de hablar sin lágrimas en los ojos a quienes lo atendían”, apunta Vallejo Nájera en su libro ‘Locos egregios’.

El psiquiatra español recoge en este libro colección de notas biográficas un hecho que describió en su día el historiador Ibn Idari, según el cual Abderramán III redactó una especie de minucioso diario en el que hacía constar los días felices y placenteros que disfrutó, marcando el día, mes y año.

“Este hombre extraordinario, que tuvo el mundo en sus manos, dictó el balance de su vida, con la precisión enequética que le singularizaba, proporcionándonos uno de los documentos más interesantes de la relación entre poder absoluto y felicidad. He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: Suman catorce”. 

La anécdota también la ha contado Antonio Gala, en ‘Testamento andaluz’ pone en boca de Abderrahman estas palabras: “Tengo 70 años, durante 50 he sido el rey de la ciudad más hermosa del mundo. Por si le faltaba algo, construí Medina Azahara. Amé a la mujer más hermosa del mundo, Azahara. Fui feliz 14 días, no seguidos».

Abderrahman murió con 73 años después de haber vivido entre lujo y placeres casi 27.000 días. He buscado el diario en cuestión, ese documento en el que este hombre debe contar qué hizo, con quién yació o conversó, que libó o jugó en esas jornadas de pura y auténtica felicidad. Pero no lo encuentro. Si alguien sabe lo que hizo Abderrahman esos 14 días por favor que lo cuente.