Juan Belmonte para animalistas

Manuel Chaves Nogales fue el mejor periodista español de la primera mitad del siglo XX. Cualquiera de sus libros merecen ser leídos. Tiene obras maestras como ‘El maestro Juan Martínez que estaba allí’ donde describe la revolución bolchevique desde los ojos de una pareja de flamencos españoles, o ‘A sangre fuego. Héroes, bestias y mártires de España’, colección de relatos verídicos cuyo prólogo es una lúcida reflexión sobre la Guerra Civil. No obstante, el libro que le dio fama a Chaves Nogales fue la biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’, narración tan vibrante y sublime como lo fue la vida del célebre torero.

Una de las claves del éxito de estas memorias radica en que Chaves Nogales forjó una gran amistad con Belmonte. Ambos eran de Sevilla. Ambos intelectuales, curiosos y viajados. “No sé cómo saldrá el libro. Pero nadie nos podrá quitar lo que nos estamos divirtiendo Juan y yo conversando”, comentó Chaves a la periodista Josefina Caravias sobre el proceso de escritura.

El libro salió redondo y engancha desde la primera página. Lo curioso es que el periodista era ajeno al mundo de los toros. Estaba totalmente alejado de los ruedos, y sin embargo traza el más completo, sutil y ameno retrato que se ha hecho jamás de un torero. Ahí está su grandeza. Por eso tampoco hace falta ser un aficionado taurino para disfrutarlo. Es una biografía apta incluso para animalistas. La personalidad del personaje de Belmonte lo envuelve todo.

Fue un torero distinto. Un chiquillo que pedía limosnas por los caminos, un aventurero que triunfó en Lima y México, un vividor dueño de su destino. “Leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías de las plazas y hasta en los calabozos (…) Antes de tratarse con ningún intelectual, Juan Belmonte lo era ya de vocación. Lo primero que hizo cuando empezó a ganar dinero fue comprarse una biblioteca y poner cuarto de baño. Nunca se ocupó de tener buena ropa ni alfiler de corbata. Pero un torero más bañado y leído no lo hubo”.

Un par de anécdotas de las muchísimas que tiene el libro: En 1917, cuando terminó su año más exitoso Belmonte confiesa: “Había pensado invierno con una compañía de circo ambulante. Aquello de ir de pueblo en pueblo con unos titiriteros me ilusionaba. Sentía un ferviente anhelo de cambiar de vida, de hacer cosas extraordinarias y ver países extraños”.

Tras diez años de carrera se compra la finca La Capitana y se consagra a la vida en el campo y al ideal de felicidad andaluz (“Qué suerte es poder tener un cortijo con parrales, pan, aceite, campo y luz y medio millón de reales. Y una mujer como tú”). Aparta sus ansias toreras, esa lucha de años. Se centra en sus olivos y su molino. Organiza un equipo de fútbol con los jornaleros de su finca. Pero pronto se aburre y advierte: “Uno cree que es desgraciado porque tiene que pelear sin descanso en su arte o en su oficio y espera cándidamente el día que tenga dinero para ser feliz descansando mano sobre mano; pero la verdad es que hay muy pocos hombres capaces de resignarse a ese bienestar burgués, que consiste en ver girar el sol sobre nuestras cabezas, bien comidos y descansados”. Entonces, cuando un amigo ganadero comete la imprudencia de invitarle en secreto a un tentadero cuenta: me encontré totalmente solo un tuve que lidiar cuarenta y tantas becerras en un día, haciéndole a cada de ellas una faena con la capa y otra con la muleta. Toreaba incansablemente desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Cuando estaba muy sofocado hacía que me echasen un cubo de agua por la cabeza y seguía toreando. Al final tuvieron que sacarme de la placita a puñados. No podía con mi alma”.