Emil Ludwig, un biógrafo entre dictadores

Si hablamos de biografías Emil Ludwig es el puto crack. El tope de gama. El number one. La referencia indiscutible. Goethe, Bismarck, Napoleón, Mussolini, Lincoln, Beethoven… los grandes nombres de la historia han pasado por sus manos y su agudo análisis. Es el escritor que encumbró la biografía como un género literario propio, dotado de la profundidad psicológica de la novela y de los rigores del periodismo documental. Ludwig es serio, audaz y escribe como los ángeles. Estoy leyendo a Ludwig –es interminable- y me descubro ante sus obras. Juego a biografiar al biógrafo, a imaginármelo en su obsesión por los protagonistas de la gloria. Entonces doy con una entrevista de Emil Ludwig a Josef Stalin. Y caigo en otra de las virtudes de Ludwig, el valor, la virtud que no se falsifica, la que escapa de toda hipocresía.

Piensen por un momento lo que es entrevistar a Stalin y si conviene echarle huevos o plantear un encuentro amable. Ante tal tesitura, Ludwig razona: “Dado que todo extranjero que llega al Kremlin es automáticamente visto como un enemigo, decidí transmitir precisamente esa actitud en mis preguntas”.  Y provoca y sostiene el duelo dialéctico: “Ha llevado usted la vida de un conspirador durante mucho tiempo ¿Piensa ahora que, bajo su gobierno, la agitación ilegal ya no es posible?” “¿Es el miedo a esta posibilidad la razón por la que sigue usted gobernando con tanta severidad, quince años después de la revolución?”. Plantea replicas como esta: “Así que niega usted ser un dictador. Según mi experiencia, esa táctica es empleada por todos los dictadores. En Europa su imagen es la del zar sanguinario o la del aristócrata saqueador de Georgia”. O comentarios como este: “Esa política de crueldad parece haber despertado un terror muy extendido. Tengo la impresión de que en este país todo el mundo tiene miedo y que su gran experimento sólo podría triunfar en esta sufrida nación que durante tanto tiempo ha sido entrenada para obedecer”.

Antes nos ha descrito al político con dos pinceladas: “Su mirada era hosca y su expresión velada, pero no eran las de un misántropo. Era más bien la expresión de un hombre que ha llegado a recelar de sus congéneres a través de una larga experiencia y que ha llevado una vida muy solitaria” “Stalin estuvo con la mirada apartada de mí casi todo el tiempo, y durante las dos horas que duró la entrevista estuvo trazando garabatos sobre una hoja de papel. Con un lápiz rojo dibujaba círculos, arabescos y números. En ningún momento le dio la vuelta al lápiz, que era azul en su otro extremo. En el transcurso de nuestra conversación rellenó muchas hojas de papel de dibujos en rojo y de cuando en cuando las doblaba y las rompía en pedazos”.

La biografía es un género que se presta naturalmente a fijarse en los ‘grandes personajes’, lo cual incluye a genocidas, tiranos y dictadores de toda clase, que son quienes escriben los renglones de la historia. Personas dotadas de una voluntad, memoria, inteligencia y dotes de mando fuera de lo común que les hace situarse por encima del grupo, hombres que tienen como principal leit motiv el ansia de poder, dominación y fama. Emil Ludwig tiene una fijación por estas figuras. Destapa su misantropía, pero no los ridiculiza. En ocasiones da la sensación de que se siente entre sus iguales, como en otra entrevista que le hizo a Mussolini, donde además no puede ocultar la fascinación y simpatía que le despertaba el dictador italiano, que lejos de su histriónica imagen pública aparece aquí como un hombre culto y profundamente perspicaz. Ludwig (1906-1948) era alemán de origen judío, exiliado durante el III Reich sus libros fueron prohibidos y quemados por los nazis. Además de biógrafo ejerció como abogado, poeta, dramaturgo y periodista. Si os gustan las biografías, no dudéis en leer cualquiera de sus obras.