Los 14 días de pura y auténtica felicidad de Abderrahman III

Su abuela era pamplonica y su madre una vasca cristiana. Tenía los ojos azules y la piel rosada. Se teñía de negro la barba para parecer más árabe. Dotado, cuentan, de todas las gracias, pocos hombres han tenido tantos motivos para estar satisfechos de su propio destino. Fue hermoso e inteligente y tan poderoso como Napoleón o Cesar. Inclinado a los placeres, en especial a la bebida, reconoció a tres esposas y 18 hijos. “Cuando los reyes quieren que se hable en la posteridad de sus altos designios -escribió- ha de ser con la lengua de las edificaciones. ¿No ves cómo han permanecido las pirámides y a cuántos reyes los borraron las vicisitudes de los tiempos?”. Fundó Medina Azahara, amplió la mezquita, acabó con el desorden y la corrupción, promovió las artes, la cultura y la medicina. Cuando murió, en el año 961, Córdoba era la ‘perla de Occidente’ con tantos habitantes como Constantinopla y centro de un califato que dominaba casi toda la península ibérica, parte del Magreb y las islas mediterráneas.

Pese a esto, Abderrahman no era del todo feliz. “Meses antes de morir sufre una terrible enfermedad psíquica, hoy llamada melancolía involutiva (ya tenía setenta y dos años), en la que a la tristeza, melancolía, angustia, supremo abatimiento que caracteriza a todas las depresiones de origen orgánico, se suma la incontinencia emotiva, por lo que todos los cronistas relatan cómo en todos estos meses, aun no teniendo dolores ni motivos reales de pesadumbre, era incapaz de hablar sin lágrimas en los ojos a quienes lo atendían”, apunta Vallejo Nájera en su libro ‘Locos egregios’.

El psiquiatra español recoge en este libro colección de notas biográficas un hecho que describió en su día el historiador Ibn Idari, según el cual Abderramán III redactó una especie de minucioso diario en el que hacía constar los días felices y placenteros que disfrutó, marcando el día, mes y año.

“Este hombre extraordinario, que tuvo el mundo en sus manos, dictó el balance de su vida, con la precisión enequética que le singularizaba, proporcionándonos uno de los documentos más interesantes de la relación entre poder absoluto y felicidad. He reinado más de cincuenta años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: Suman catorce”. 

La anécdota también la ha contado Antonio Gala, en ‘Testamento andaluz’ pone en boca de Abderrahman estas palabras: “Tengo 70 años, durante 50 he sido el rey de la ciudad más hermosa del mundo. Por si le faltaba algo, construí Medina Azahara. Amé a la mujer más hermosa del mundo, Azahara. Fui feliz 14 días, no seguidos”.

Abderrahman murió con 73 años después de haber vivido entre lujo y placeres casi 27.000 días. He buscado el diario en cuestión, ese documento en el que este hombre debe contar qué hizo, con quién yació o conversó, que libó o jugó en esas jornadas de pura y auténtica felicidad. Pero no lo encuentro. Si alguien sabe lo que hizo Abderrahman esos 14 días por favor que lo cuente.

Una apasionada biografía canina: ‘Todos los perros de mi vida’

“Para empezar, les diré que aún apreciando mucho a mis padres, mis maridos, mis hijos, mis amantes y mis amigos, ninguno de ellos es capaz de ofrecer el amor con que te obsequia un perro. Como yo también he sido madre, hija, esposa, amante y amiga, sé muy bien cuán tornadizos son los amores humanos. Los perros, en cambio, están libres de esos vaivenes del sentimiento. Cuando un perro te ama, eso es para siempre, hasta su último ladrido. Así es como me gusta ser amada, y por eso hablaré de perros”.

La declaración de intenciones con la que comienza la autobiografía ‘Todos los perros de mi vida’ de Elizabeth Von Arnim hace de preludio de este original y delicioso libro especialmente recomendable para los amantes de los animales. Pero, ¿quién se atreve a hacer una obra como esta? ¿No resulta banal, pretencioso y bastante difícil hilar un relato de memorias en base a unas mascotas? Solo una mujer valiente atrapada en el corsé de las convenciones sociales, un alma sensible e inteligente que únicamente se sentía completa en contacto con la naturaleza o la escritura.

En uno de los pasajes de estas memorias su autora cuenta que además del amor que compartía con sus perros sentía cierta envidia hacia ellos. “Nadie esperaba nada de los perros. Si hacían algo que a nuestro modo de ver no estuviera del todo bien, se achacaba a su condición de perros y no se volvía a pensar en ello. Qué maravilloso verlos por las mañanas verlos saltar de sus cestas y, con una simple sacudida estar listos para el nuevo día, mientras que yo tenía que soportar las más fastidiosas sesiones de lavado, peinado y anudado de prendas. Qué maravilloso verlos a la hora de la comida, engullendo lo que se les daba y listo, mientras que yo, sentada a la mesa con solemnidad, tenía que esperar, por mucha hambre o deseo que sintiera, a que un grupo de sirvientes con guantes blancos me sirvieran los platos a su debido tiempo. Y lo más envidiable, ver que, ante un gesto de desaprobación lo arreglaban todo poniéndose a dos patas y rogando, o meneando el rabo para pedir perdón”.

Cuenta su esta encantadora escritora británica que una noche “mientras pasaba los dedos por la estantería, di con un libro de Goethe, y la casualidad quiso que al abrirlo me encontrara con la magnífica afirmación de que im Wahren, Guten, Schönen resolut zu leben, era el único lema que merecía la pena seguir”. Lema el de vivir resueltamente en la verdad, la bondad y la belleza que ella se aplicó en un recorrido vital que le llevaría desde los bosques de la Pomerania alemana, las montañas de Suiza, o la rivera de la Provenza. “No le pedía nada más a la vida. Aún hoy sigo sin pedirle nada más. Por extraño que resulte -supongo que debe de ser extraño no volverse más exigente con el paso de la juventud a la madurez-, estas mismas cosas, el sol en la cara, la sensación de que la primavera está a punto de llegar y nadie a la vista salvo un perro, bastan aún hoy para colmarme de felicidad. Qué sencillo. Y qué barato”.

Von Arnim fue una novelista que publicó más de 20 libros, algunos de ellos muy exitosos, y destacó por su estilo irónico y su carácter independiente que le sitúa en el movimiento feminista. Viuda con cinco hijos, la aparición de la primera violeta de la primavera le despierta una oleada de sentimientos en los que se explaya durante tres páginas “aquello fue todo un acontecimiento. Aquella primera violeta significó para mí lo mismo que para Noé debió de significar la ramita de olivo en el pico de la paloma. Una señal de seguridad. de esperanza”. Pero son sus 14 perros, cuyas personalidades apreciamos y diferenciamos, cuyas diferencias son magistralmente descritas, los protagonistas de esta historia con una enseñanza de actitud ante la vida “¿Y cual es la actitud adecuada? La de Chunkie, creo yo: mantener el ánimo en alto y agitar el rabo con brío hasta el final. Perro listo y sensato aprovecha al máximo lo que tiene en lugar de lamentarse por lo que no tiene. Cavilando entre las rocas durnate aquellas tardes junto al mar se me ocurrió que sería deplorable que yo mostrar menos sensatez, menos entereza y menos oposición a sucumbir ante los infortunios”.

Cierro con un poema que aparece en el libro:

Brindo por los perros buenos.
Sea cual sea su raza, tengan o no pedigrí,
aunque nunca hayan ganado ningún premio de postín,
brindo por los perros buenos.
Por los rabos que se agitan, por las miradas sinceras,
la extraordinaria valía y lealtad insospechada
que tal y como merecen nunca serán valoradas.

La cara más obscena de James Joyce

El libro que a Javier Marías más le divirtió escribir es ‘Vidas escritas’, un conjunto de breves biografías de escritores contadas con una “mezcla de afecto y guasa”, unas semblanzas dibujadas con la mirada de un biógrafo “improvisado, ocasional y sesgado”.

Genios de la literatura como Rimbaud, Kipling, Wilde, Lowry o James aparecen en estas páginas retratados como individuos calamitosos. De Lampedusa queda una imagen de lector ocioso de provincias sin ninguna ambición productiva. Rilke desfila como un poeta “bajo, enclenque y feo” capaz de aguardar la llegada de las musas durante diez años. Pero lo que más asombro me causó de este libro fue lo que Marías cuenta de James Joyce.

Al parecer, Joyce –a quien se le podría definir con la triada del marqués de Bradomín: feo, católico y sentimental- era amén de putero (remedio común en la Irlanda de finales del s. XIX) un obsceno puntilloso, un coprófilo inquisitivo como sacaron a relucir las cartas que le escribía a su amada Nora Barnecle. Textos que transcribe Marías y yo reproduzco con cierto sentimiento pudoroso de quien tras espíar en la intimidad ajena cae en el cotilleo banal.

“Cuando aquella persona.. te metió la mano o las manos bajo las faldas, ¿te acarició sólo por fuera o te metió el dedo o los dedos? Si lo hizo ¿llegaron lo bastante arriba para tocarte esa pequeña polla al final de tu coño? ¿Te tocó por detrás? ¿Estuvo mucho rato acariciándote y te corriste? ¿Te pidió que le tocaras a él? ¿Lo hiciste? Si no le tocaste, ¿Se corrió él frente a ti y tú lo notaste?”.

“Esta noche… he estado tratando de imaginarte masturbándote el coño en el retrete ¿Cómo lo haces? ¿De pie contra la parede acariciándote bajo la ropa o te sientas en el hueco con las faldas levantadas y la mano a toda máquina por la abertura de tus bragas? ¿Te entran ganas de cagar? Me pregunto cómo lo harás ¿Te corres mientras cagas o te masturbas hasta el final y cagas luego?”.

Después contaros este chasquarrillo debo recomendar la lectura de ‘Dublineses’ para elevar más allá del vientre bajo el legado del escritor irlandés, aunque si os va la marcha tanto como a Joyce podéis probar con las ’11.000 vergas‘ de Apollinaire.

Steve Jobs, un llorón

Uno de los aspectos más llamativos de la personalidad de Steve Jobs (1955-2011) era su desproporcionada tendencia al llanto. En la biografía que le hizo Walter Isaacson se describen numerosos episodios en los que el empresario estadounidense rompía a llorar por las más diversas razones. A saber:

Para convencer a Stephen Wozniak a que fundara con él la empresa Apple, Jobs gritó, chilló, pidió la intervención de algunos amigos e incluso llegó a ir a casa de los padres de Wozniak, donde rompió a llorar y pidió la ayuda de sus padres. Más tarde también lloraría frente a Jerry Wozniak, padre de Stephen, cuando éste le reprochó que los ingenieros debían tener más sueldo. Además, poco después el libro describe: “uno de los primeros enfrentamientos, que tuvo lugar por el orden de la numeración de los empleados. Scott le asignó a Wozniak el número 1 y a Jobs el número 2. Como era de esperar, Jobs exigió ser el número 1. A Jobs le dio un berrinche, e incluso se echó a llorar”.

Jobs también lloraría frente a Mike Scott cuando el director ejecutivo de Apple intento mediar en el conflicto que había surgido entre el matemático Jeff Raskin y él. Los sollozos se repiten cuando Jobs leyó una crítica del periodista Mike Moritz en la revista Time “un artículo tan terrible que incluso me hizo llorar” (En el reportaje se decía que Jobs lloraba en algunas reuniones).

No obstante, el verdadero aluvión de lágrimas llega en el proceso que acabó con el despido de Jobs de Apple ejecutado por Jonh Sculley. El biógrafo Walter Isaacson apunta hasta cinco escenas de llantinas de Steve Jobs (páginas 538, 543, 544, 553 y 564). Por si esto fuera poco, la página 572 del libro indica: “incluso pasados varios años, los ojos de Jobs se llenaban de lágrimas al recordar la historia. «Prefirió a Sculley antes que a mí. Aquello me dejó completamente helado. Nunca pensé que fuera a abandonarme».

Jobs lloraba como estrategia de negociación –Bill Gates recuerda una reunión con Steve Jobs para negociar un acuerdo entre Microsoft y Apple en la que su interlocutor “se mostró tremendamente y después hubo una parte en la que casi se echó a llorar”- y al expresar alegría, como cuando anunció la fusión de Pixar y Apple – “Todos se abrazaron, y Jobs se echó a llorar”-.

Por otro lado, así cuenta Jobs su reacción cuando le presentaron la campaña publicitaria de ‘Piensa diferente’ a su regreso a Apple: “Me llegó a lo más hondo y todavía lloro cuando pienso en ello, tanto por el hecho de que Lee se preocupara hasta ese punto por nosotros como por lo genial que era su idea de ‘Piensa diferente’. Muy de vez en cuando, me encuentro en presencia de la auténtica pureza -pureza de espíritu y amor-, y siempre me hace llorar. Es algo que me conmueve y se apodera de mí. Aquel fue uno de esos momentos. Había en ello una pureza que nunca olvidaré. Lloré en mi despacho mientras me mostraba su idea, y todavía lloro cuando pienso en ello”. Pero su descargas de llanto también se producían en estallidos de cólera como cuando vio que al prototipo del iMac le habían puesto botones en lugar de una sencilla ranura: “Solo seguiré adelante con la presentación si me prometéis que vamos a pasar a la ranura tan pronto como sea posible, les advirtió Jobs con lágrimas en los ojos”.

Y, en fin, ya enfermo terminal de cáncer Steve Jobs lagrimearía al recordar a Redse, uno de sus amores de juventud, o al escuchar al violinista Yo-Yoma.

The Cure (Boys dont cry) Bosé (Los chicos no lloran) la madre de Boabdil (Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre), y en general toda la educación machista que hemos recibido nos enseña a los hombres a evitar el gimoteo en público. Pero como pese a todo evolucionamos, cada vez hay menos remilgos a que los varones expresemos los sentimientos con lágrimas. Hoy en día lloran sin recato alguno los futbolistas millonarios cuando pierden un partido, los políticos cuando cesan o los concursantes de reality shows.

El caso de Jobs va un peldaño más arriba y nos enseña la cara más emocional y humana de un creador excepcional dotado de una profunda sensibilidad. Os dejo un vídeo en el que Walter Isaacson explica este carácter.

Un beso en los pechos de Leni Riefenstahl

La relación amorosa de Leni con Glen Morris, ganador de la medalla de oro en el decatlón, comenzó con una simple mirada tras la cual, según ella, «los dos nos transfiguramos». La folie à deux se hizo pública en la ceremonia de entrega de las medallas del decatlón. El esculpido estadounidense con la medalla de oro colgando del cuello descendió del podio de los victoriosos y «me abrazó, me quitó la blusa y me besó los senos allí mismo, en medio del estadio y delante de cien mil espectadores».

No me resisto a comenzar esta entrada sobre la biografía de Leni Riefenstahl escrita por Steven Bach con esta escena de los juegos de 1938 en Berlín, en los que la cineasta berlinesa estuvo al mando de un pequeño ejército de técnicos y 34 cámaras, que situó en dirigibles, avionetas, globos aerostáticos, trincheras (Jesse Owens se cayó en una de ellas) raíles rodantes, refugios sumergibles para las tomas subacuáticas de natación, e incluso en los cuellos de los corredores de la maratón.

Riefenstahl tenía entonces apenas 38 años y era la mujer más poderosa del Reich y la artista favorita de Hitler. Un honor que compartía con otro joven, el arquitecto Albert Speer. A ambos y su fascinación por el führer les debemos las inquietantemente bellas y malignas imágenes que cautivaron a millones de personas y enaltecieron el nazismo.

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Con los 400.000 metros de filme -setenta y cinco horas de metraje- de los que hizo acopio Leni Riefenstal compuso ‘Olimpiada’, película que junto a ‘El triunfo de la voluntad’ pasaría a la historia por su brillantez y perfección técnica. Aún hoy desde la cartelería política a las grabaciones deportivas, desde ‘El Rey León’ a ‘La guerra de las Galaxias’, el cine y la propaganda se siguen inspirando en las pautas que marcó la Riefenstal como la artista de la exaltación triunfal del fascismo, de la glorificación de la belleza y el erotismo.

La biografía de Steven Bach reconoce a este genio creador, pero es ante todo un ajuste de cuentas con quien que jamás se arrepintió de lo que hizo. El libro es magnífico y cuenta con una apabullante documentación y bibliografía. Bach fue vicepresidente de los estudios United Artists y un estudioso del cine alemán del siglo pasado –escribió también las memorias de Marlene Dietrich– Con Leni Riefenstal el biógrafo tiene una relación de amor odio, adora tanto a la artista como desprecia el rango moral de la persona. Reconoce la capacidad de trabajo y el coraje físico de una mujer que a los setenta años fotografiaba a los nubas de Sudán y cumplidos los noventa buceaba grabando películas submarinas, pero a la vez subraya su mediocre formación intelectual, su egocentrismo, su capacidad para manipular y presentarse tanto en sus actuaciones como en su vida en el papel de la mujer que “sufre la tragedia que su presencia ha desencadenado, una figura del destino a la vez que su víctima”.

Bach reconstruye la historia de los 270 gitanos obligados a actuar forzosa y gratuitamente en 1940 en ‘Tierra baja’ otra de las películas de Leni, romanís que fueron seleccionados por ella personalmente y que acabarían en su mayoría en los crematorios de Austwitch. Detalla la presencia de la cineasta en el equipo de propaganda de la invasión a Polonia. Demuestra la admiración de Goebbels por la musa del nazismo (también a ella le metería mano) a la que dotaría de enormes sumas de dinero y medios para sus trabajos. Y dibuja, en suma, el retrato de una mentirosa narcisista enamorada de si misma. Una obra la de Bach y una vida la de Riefenstal que nos obliga a plantearnos la relación entre la belleza del arte y sus a veces oscuras intenciones.

Por último, un breve apunte dedicado a aquellas personas que alguna vez dudan de sus capacidades o son susceptibles a las críticas. Esto es lo que dijo el padre de Leni a su hija en los inicios de su carrera: “Personalmente estoy convencido de que tienes poco talento y de que nunca serás más que una mediocre”.

El gol de chilena, un invento de vascos

El gol de chilena es el orgasmo del fútbol. Es a lo máximo que puede aspirar un jugador. La sensación única de golpear al balón de espaldas a la portería, en acrobático escorzo, y el placer indescriptible de voltearse en la caída para ver la pelota entrar en la portería reporta un sublime estallido de felicidad y orgullo. No hay en el fútbol recompensa más bella.

Sé que algunos dirán del pase largo y certero, del regate preciosista, de la rabona, los controles orientados, las panenkas e incluso de heroicos y providenciales despejes a pie de puerta. Sé que reivindicarán el gol por la escuadra, las galopadas por la banda y los chuts desde el medio campo. Pero a todos ellos les digo que no hay nada en el mundo como el fútbol y nada en el fútbol como un gol de chilena. Sé de lo que me hablo. Hasta ‘El Fenómeno’ Ronaldo confesó en su retirada que su espinita era no haber marcado un gol de chilena a lo largo de su carrera…

En el estadio de El Morro de Talcahuano en enero de 1914 está certificada la primera chilena de la historia (la imagen que ilustra esta entrada es de la estatua que a las puertas de este estadio conmemora el hito). La inventó un español, vasco por ende, se llamaba don Ramón Unzaga, nació muy cerca de Bilbao y emigró a Chile con 12 años. Ramón fue un atleta, que también practicaba jabalina, salto de pértiga, natación y waterpolo. Llegó a jugar en la selección chilena de fútbol. Repitió y popularizó esta fabulosa jugada que periodistas argentinos bautizaron como “chilena” y sus colegas uruguayos como “trizaga” porque el gol conseguido de esta manera debía valer por tres. El mejor retrato de Unzaga nos lo hace el mismo, al ser preguntado por una expulsión, explicó:

«En dos ocasiones el árbitro me cobró falta por un salto de lujo que daba a fin de rechazar la pelota (era medio zaguero) alegando que fouleaba al jugador contrario del Río. Este mismo jugador se aprovechó de mi jugada y el árbitro me cobró para colmo, a mi la falta. Me vi obligado a observarle al árbitro su error, alegándole que reconocidos jueces no me la habían penado. Siguió después un cambio de palabras que trajo por resultado la orden del Sr. Beitía (el árbitro) para que abandonara la cancha. Me negué a salir de la cancha para arreglar cuentas. Lo hice y al lado afuera de élla tuve con el señor Beitía un cambio de bofetadas». (Bendita Wikipedia)

Decía Unamuno que los vascos habían hecho dos cosas muy grandes: la compañía de Jesús y Chile. A estos logros, deberíamos añadir también la chilena.

P.D. Soy consciente de que esta entrada tiene que ver poco con Biografías & Memorias, excepto por un detalle: después de meter goles de chilena no hay nada mejor que recordarlos.

 

Autobiografía del jefe

Bruce Springsteen, el obrero del rock presenta autobiografía. En español la editará Random House en septiembre. Bruce no se droga. Bruce no se ha muerto. Bruce no es un maldito. Pero tiene millones de seguidores que le adoran como el adoraba a Elvis. Con ocho años el rey le inspiró para ser músico. Con 26, en plena gira de ‘Born to Run’ (título de sus memorias, por cierto) cuando ya había sido portada de Rolling Stone, saltó los muros de Graceland por la noche para conocer en persona a su ídolo. Lamentablemente Elvis no estaba en Menphis. Y el guardia de seguridad echó a Springsteen de la mansión.

No soy un fanático del boss. Nunca he ido a uno de sus conciertos maratonianos. Pero me gustan especialmente sus letras, su sentido de la justicia y su conciencia social. Me parece alucinante que se atreva a cantar el ‘Manifiesto’ de Victor Jara en Chile, o el ‘Solo le pido a Dios’ de León Gieco en Argentina. Sin embargo, entre sus versiones la que más me gusta es esta de ‘This land is your land’ que fue con la que descubrí a Woody Guthrie.

Juan Belmonte para animalistas

Manuel Chaves Nogales fue el mejor periodista español de la primera mitad del siglo XX. Cualquiera de sus libros merecen ser leídos. Tiene obras maestras como ‘El maestro Juan Martínez que estaba allí’ donde describe la revolución bolchevique desde los ojos de una pareja de flamencos españoles, o ‘A sangre fuego. Héroes, bestias y mártires de España’, colección de relatos verídicos cuyo prólogo es una lúcida reflexión sobre la Guerra Civil. No obstante, el libro que le dio fama a Chaves Nogales fue la biografía ‘Juan Belmonte, matador de toros’, narración tan vibrante y sublime como lo fue la vida del célebre torero.

Una de las claves del éxito de estas memorias radica en que Chaves Nogales forjó una gran amistad con Belmonte. Ambos eran de Sevilla. Ambos intelectuales, curiosos y viajados. “No sé cómo saldrá el libro. Pero nadie nos podrá quitar lo que nos estamos divirtiendo Juan y yo conversando”, comentó Chaves a la periodista Josefina Caravias sobre el proceso de escritura.

El libro salió redondo y engancha desde la primera página. Lo curioso es que el periodista era ajeno al mundo de los toros. Estaba totalmente alejado de los ruedos, y sin embargo traza el más completo, sutil y ameno retrato que se ha hecho jamás de un torero. Ahí está su grandeza. Por eso tampoco hace falta ser un aficionado taurino para disfrutarlo. Es una biografía apta incluso para animalistas. La personalidad del personaje de Belmonte lo envuelve todo.

Fue un torero distinto. Un chiquillo que pedía limosnas por los caminos, un aventurero que triunfó en Lima y México, un vividor dueño de su destino. “Leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías de las plazas y hasta en los calabozos (…) Antes de tratarse con ningún intelectual, Juan Belmonte lo era ya de vocación. Lo primero que hizo cuando empezó a ganar dinero fue comprarse una biblioteca y poner cuarto de baño. Nunca se ocupó de tener buena ropa ni alfiler de corbata. Pero un torero más bañado y leído no lo hubo”.

Un par de anécdotas de las muchísimas que tiene el libro: En 1917, cuando terminó su año más exitoso Belmonte confiesa: “Había pensado invierno con una compañía de circo ambulante. Aquello de ir de pueblo en pueblo con unos titiriteros me ilusionaba. Sentía un ferviente anhelo de cambiar de vida, de hacer cosas extraordinarias y ver países extraños”.

Tras diez años de carrera se compra la finca La Capitana y se consagra a la vida en el campo y al ideal de felicidad andaluz (“Qué suerte es poder tener un cortijo con parrales, pan, aceite, campo y luz y medio millón de reales. Y una mujer como tú”). Aparta sus ansias toreras, esa lucha de años. Se centra en sus olivos y su molino. Organiza un equipo de fútbol con los jornaleros de su finca. Pero pronto se aburre y advierte: “Uno cree que es desgraciado porque tiene que pelear sin descanso en su arte o en su oficio y espera cándidamente el día que tenga dinero para ser feliz descansando mano sobre mano; pero la verdad es que hay muy pocos hombres capaces de resignarse a ese bienestar burgués, que consiste en ver girar el sol sobre nuestras cabezas, bien comidos y descansados”. Entonces, cuando un amigo ganadero comete la imprudencia de invitarle en secreto a un tentadero cuenta: me encontré totalmente solo un tuve que lidiar cuarenta y tantas becerras en un día, haciéndole a cada de ellas una faena con la capa y otra con la muleta. Toreaba incansablemente desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde. Cuando estaba muy sofocado hacía que me echasen un cubo de agua por la cabeza y seguía toreando. Al final tuvieron que sacarme de la placita a puñados. No podía con mi alma”.

La carta de amor de Valle Inclán al Maharajá de Kapurthala

 

En la muy recomendable biografía ‘Anita Delgado. Maharaní de Kapurthala’ escrita por Elisa Vázquez de Gey se describe una anécdota que merece la pena recordar porque sellaría el destino de una adolescente malagueña para convertirla en princesa de la India. Fue un juramento de escritores, un delito, una falsificación de una carta que acabaría “de entusiasmar al soberano que hace venir al jefe de su guardia personal con un talonario gordo como un diccionario para facilitar cuanto antes el traslado a París de la familia Delgado al completo, con tata incluida, para proceder a la boda”.

La historia es como sigue. Jagatjit Singh, Maharajá de Kapurthala, se encontraba en Madrid para la boda del rey Alfonso y se había quedado prendado de la hermana menor del dúo de bailarinas La Camelias, la hermosa Anita Delgado. Los más entusiasmados con el romance eran los de la tertulia de intelectuales del Kursaal. Para Valle Inclán los amoríos del Maharajá de Kapurthala con Anita Delgado debían ser tratados como una cuestión de Estado. “Hay que hacer algo! ¡Que Anita llegue a relacionarse con el Maharajá es cuestión de patriotismo, señores míos, solo patriotismo! ¿Somos o no somos patriotas?”. Baroja recuerda el tono de cachondeo de Valle: “Podría Anita proporcionar al Indostán un héroe futuro que sublevara la enorme península contra los ingleses, que la hiciera independiente y así, nosotros, buenos patriotas españoles, vengaríamos todas las charranadas que la pérfida Albión en el decurso de la historia con nuestra adorada España había cometido…”

A Anita aquel señor moreno que “debía ser cubano” y “parecía portugués” le inspiró miedo en principio –en su primer encuentro ella salió corriendo- y después reaccionó con timidez ante sus elogios y cumplidos. Un abismo de orígenes, educación y fortuna les separaba. Su primera carta de respuesta al soberano comenzaba así: “Mi querido rey me alegraré que al recibo desta esté usté bien, con la cabal salú que yo pami deseo…”

El pintor Leandro Oroz era el encargado de llevar esta carta a Correos pero antes de hacerlo pasó por la tertulia del Kursaal, donde la sagrada confidencialidad de la correspondencia fue violada. Valle Inclán dijo que semejante carta no se podía enviar, pidió recado para escribir y dictó un borrador que todos contribuyeron a corregir y traducir al francés. Él mismo firmó como Anita Delgado.

Fue aquella amorosa, falsificada y encendida misiva de Valle Inclán la que terminó de convencer al Maharajá. Anita se trasladó a París donde fue instruida y se le enseñó a hablar francés. Además de estar muy bien escrita, la obra de Elisa Vázquez de Gey está documentada. Es un trabajo de años que dibuja un retrato sorprendente de una mujer que inspiraría coplas y se convertiría casi en una leyenda. Incluye el librito ‘Impresiones de mis viajes a las Indias’ escrito por la propia Anita, entonces ya la princesa de Prem Kaur de Kapurthala. Este testimonio único de una época ya pasada, la de los últimos marajás, tiene el valor añadido de su curiosa sintaxis y gramática. Anita pasó de ser una casi una analfabeta funcional en lengua castellana, a utilizar a partir de los 16 años el francés en todas las actividades de su vida privada. Sus otros idiomas en razón de su cargo eran el inglés, el urdú y el indostaní. El español quedó relegado a su correspondencia privada y a este diario de viajes donde se describen grandes partidas de caza, fastuosos palacios, y las comodidades de un vida de lujo sostenida por el sistema de castas.

La doma de Bucéfalo

Plutarco deja claras sus intenciones en la primera página de ‘Vidas Paralelas. Alejandro Magno / Cesar’: “Mi propósito no es escribir historia, sino unas biografías. Por otra parte la virtud o la maldad no se demuestran totalmente en la realización de las más bellas hazañas, sino que a menudo un pequeño asunto, una palabra o una broma revelan mejor el carácter de una persona que la participación en combates en que los muertos se cuentan por millares o la celebración de desfiles militares o asedios de ciudades”.

Es alucinante que veinte siglos después de haberse escrito, la obra de Plutarco siga siendo amena y entretenida. Lejos de ser textos farragosos e inaccesibles solo aptos para eruditos, sus biografías -especialmente la de Alejandro Magno- se leen como el mejor de los libros de aventuras, y están plagadas de anécdotas y relatos que describen la talla de los biografiados. Os dejo un par de las más famosas pinceladas que dejó Plutarco sobre Alejandro. La primera es sobre la doma de Bucéfalo.

Trajo un Tésalo llamado Filonico el caballo Bucéfalo para venderlo a Filipo en trece talentos, y, habiendo bajado a un descampado para probarlo, pareció áspero y enteramente indómito, sin admitir jinete ni sufrir la voz de ninguno de los que acompañaban a Filipo, sino que a todos se les ponía de manos. Desagradole a Filipo, y dio orden de que se lo llevaran por ser fiero e indócil; pero Alejandro, que se hallaba presente: “¡Qué caballo pierden- dijo-, sólo por no tener conocimiento ni resolución para manejarle!” Filipo al principio calló; mas habiéndolo repetido, lastimándose de ello muchas veces: “Increpas- le replicó- a los que tienen más años que tú, como si supieras o pudieras manejar mejor el caballo”; a lo que contestó: “Este ya se ve que lo manejaré mejor que nadie”. “Si no salieres con tu intento- continuó el padre- ¿cuál ha de ser la pena de tu temeridad?” “Por Júpiter- dijo-, pagaré el precio del caballo”. Echáronse a reír, y, convenidos en la cantidad, marchó al punto adonde estaba el caballo, tomóle por las riendas y, volviéndole, le puso frente al sol, pensando, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía junto a sí, era por lo que se inquietaba. Pasóle después la mano y le halagó por un momento, y viendo que tenía fuego y bríos, se quitó poco a poco el manto, arrojándolo al suelo, y de un salto montó en él sin dificultad. Tiró un poco al principio del freno, y sin castigarle ni aun tocarle le hizo estarse quedo. Cuando ya vio que no ofrecía riesgo, aunque hervía por correr, le dio rienda y le agitó usando de voz fuerte y aplicándole los talones. Filipo y los que con él estaban tuvieron al principio mucho cuidado y se quedaron en silencio; pero cuando le dio la vuelta con facilidad y soltura, mostrándose contento y alegre, todos los demás prorrumpieron en voces de aclamación; mas del padre se refiere que lloró de gozo, y que besándole en la cabeza luego que se apeó: “Busca, hijo mío- le dijo-, un reino igual a ti, porque en la Macedonia no cabes”.

La segunda sobre su encuentro con Diógenes, que si bien tiene más de leyenda que de hecho verídico se le puede aplicar eso de que si non e vero e bien trovato.

Congregados los Griegos en el Istmo, decretaron marchar con Alejandro a la guerra contra la Persia, nombrándole general; y como fuesen muchos los hombres de Estado y los filósofos que le visitaban y le daban el parabién, esperaba que haría otro tanto Diógenes el de Sinope, que residía en Corinto. Mas éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba tranquilamente su vida en el barrio llamado Craneo, y así, hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un poco a la llegada de tantos personajes, fijó la vista en Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole en seguida si se le ofrecía alguna cosa, “Muy poco- le respondió-; que te quites del sol”. Dícese que Alejandro, con aquella especie de menosprecio, quedó tan admirado de semejante elevación y grandeza de ánimo, que cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban a reírse y burlarse, él les dijo: “Pues yo, a no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes”.

Y esta última, sobre los sacrificios en honor Hefestión, su más fiel amigo:

“Ocurrió en aquellos días que a Hefestión le dio calentura, y como a fuerza de joven y militar no quisiese sujetarse a la debida dieta, y además su médico, Glauco, se hubiese ido al teatro, se sentó a comer a la mesa, y habiéndose comido un pollo asado y bebídose un gran vaso de vino, puesto a enfriar, se sintió mucho peor, y al cabo de poco tiempo murió. Alejandro no tuvo modo ni término ninguno en esta pesadumbre, sino que inmediatamente mandó, cortar las crines, por luto, a todos los caballos y a todas las acémilas, y quitar las almenas en las ciudades del contorno, y al pobre médico lo puso en una cruz. En el ejército cesó el toque de flautas y toda música por largo tiempo, hasta que vino un oráculo de Amón para que se diera veneración a Hefestión y se le hicieran sacrificios como héroe. Tomando además la guerra por consuelo de aquel pesar, salió a ella como a una caza o a una batida, y acabó con la nación de los Coseos, dando muerte a todos sin distinción, y a esto le daba el nombre de exequias de Hefestión”.